lunes, 3 de agosto de 2026

El espíritu de la pobreza

En la noche de Setsubun, al final del invierno, un hombre mayor se calentaba junto a la lumbre cuando vio descender desde el techo a un anciano decrépito.

El hombre se asustó ante la súbita aparición de aquel viejo y, mientras no apartaba de él sus ojos temblorosos, el anciano le dijo:

—Yo soy el espíritu de la pobreza, y por largo tiempo he vivido como huésped en tu casa.

Ahora me toca partir.

Pero, como prueba de mi gratitud, te diré que mañana por la mañana pasarán por tu calle, frente a esta casa, tres caballos.

El primero irá cargado de oro; el segundo, de plata; y el último, de cobre.

Si aciertas a golpear a cualquiera de los tres, su carga pasará a pertenecerte.

Tras decir estas palabras, abandonó la casa.

El hombre, al escuchar el mensaje, se puso muy contento y esperó el amanecer con gran expectación. Por fin, a la mañana siguiente, se levantó muy temprano, salió a la calle y se dispuso a aguardar a los tres caballos con un palo en la mano.

Al mirar atentamente, vio que desde lejos se acercaba con muchos bríos un caballo cargado de oro. El hombre se preparó aferrando bien el palo; pero el caballo pasó corriendo sin que pudiera alcanzarlo.

A continuación vino corriendo el caballo cargado de plata, vigoroso y veloz. “Esta vez no se me escapa”, pensó mientras esgrimía el palo; pero tampoco logró golpearlo.

También falló con el tercer caballo.

Tras él venía un anciano tambaleándose, y el hombre acertó a golpearlo.

Aquel anciano era, en realidad, el espíritu de la pobreza, el mismo que la tarde anterior se había marchado de su casa.

Entonces el espíritu le dijo:

—Un año más me quedaré como huésped en tu casa.

Y, dicho esto, volvió a entrar.

 Aparece en la mañana el primer enérgico caballo con su carga de oro, ante el escuálido hombrecillo. 

Mientras piensa que tiene que hacer frente al caballo, seguramente se asusta. Lo sobrecoge el pánico, y se queda allí atónito. Entretanto, el caballo se marcha co rriendo. 

A continuación llega a todo correr, con notable ímpetu, el caballo cargado de plata. “Ahora sí que sí” pensó el hombre, blandiendo el palo, pero tampoco esta vez pudo sacudir el golpe. “¿Me lanzo ya a la carga?” “¿Le pego?” En tanto les daba vueltas a estas ideas, también este caballo pasó de largo ante él. 

 El tercer caballo era el que llevaba su carga de cobre, pero tampoco el hombre pudo golpearlo. 

 Luego se le presentó todo tambaleante el viejo de las predicciones; y a éste sí lo alcanzó el hombre con un golpe. Como había llegado tambaleándose, ni que decir tiene que no pudo venir corriendo, como los garbosos caballos cargados con oro, plata y cobre. 

Tampoco venía andando rápido. Como además se trataba del espíritu de la pobreza, su aspecto era pobre y desgarbado. 

Tampoco parecía traer un palo consigo. 

Era la víctima favorable para el golpe, y éste se lo llevó. Tal vez la figura flaca, mal vestida, de aquel anciano que andaba tambaleándose y quizás tiritando, sería muy semejante a la del hombre mayor. 

Pero en el caso del anciano, ni siquiera portaba un palo y parecía falto de fuerzas. 

El hombre mayor, a pesar de su aspecto débil, no tenía temor, y por esto golpeó al viejo viendo que podía dominarlo. Pero se trataba del espíritu de la pobreza; el cual le dijo:–Un año más me quedaré como huésped en tu casa. 

 Quien es pobre, ¿lo es por su propia culpa, o por culpa de otros? ¿O tal vez su pobreza será por culpa propia y también de los otros?

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